lunes, 29 de diciembre de 2008

Sexo express en el Cine Urdaneta

Un olor a sexo y humo de cigarrillo impregnan toda la sala. La luz es escasa y sólo unas pequeñas bombillas rojas pegadas a la pared y los letreros de “no fume” alumbran tímidamente todo el espacio.

Al fondo se proyecta la imagen y el sonido de dos cuerpos sudorosos que disfrutan de un evidente placer, mientras que los presentes imitan sin pudor todo lo que la pantalla muestra.

En una esquina del centro de Caracas se encuentra el cine Urdaneta. En este sitio, que existe desde hace más de tres décadas, se proyectan películas de entretenimiento para adultos o lo que es lo mismo, cine pornográfico.

Comenzaba la tarde de un jueves y decidí acercarme a este recinto pues según declaraciones de diversas personas, dentro del mismo se realizan todo tipo de actos sexuales a plena luz del día, cuando la mayoría de los caraqueños se encuentran en sus trabajos habituales.

Al ingresar a la sala traté de sentarme en un sitio apartado para evaluar la situación desde lejos. Este cine con capacidad de 150 personas, tenía para ese momento (2:45 p.m.) un público aproximado de 50 espectadores. Todos los que estaban a mi alrededor miraban fijamente la promocionada “morenas ardientes” mientras estimulaban su cuerpo con caricias en sus partes íntimas pero conservando toda la ropa en su lugar. Más allá de eso no sucedía nada fuera de lo común, hasta que de pronto me percaté de que algo sucedía en los primeros asientos y decidí acercarme para investigar.
Y comenzaron las sorpresas
Unos 10 travestis caminaban alrededor de los primeros asientos y se sentaban por instantes junto a los hombres que miraban atentos la película. De pronto uno de estos trabajadores sexuales se acercó a alguien que estaba lo suficientemente próximo a mí y pude ver con asombro lo que iba a suceder. Luego de un cruce de palabras no mayor a 10 segundos, el hombre y el travesti comenzaron con total normalidad lo que al parecer es una rutina. Lentamente se desabrochó la correa y el botón del pantalón, bajó su cierre y se hundió cómodamente en el asiento. Fue entonces cuando su acompañante repentino se fue acercando poco a poco hasta comenzar a practicarle el sexo oral, todo ante la mirada atenta de los que estábamos a su alrededor.

Impactado por la fuerza de esta imagen decidí ir al baño para tratar de pasar el momento con más calma, pero al final el remedio terminó siendo mucho peor que la enfermedad. En la entrada un hombre me dijo con una sonrisa “al salir por favor deja una colaboración”, quizás como el cobro de una entrada adicional para observar el espectáculo privado que se presentaba en el interior del baño.

Al ingresar, la instalación dejó la misma imagen mustia y gris de todo el cine. El olor a orina y cloacas se mezclaba con el antiguo olor a sexo y humo de la sala. Al acercarme al lavamanos, pude observar cuatro piernas dentro de uno de los cubículos con puerta: Un hombre de rasgos indígenas apretaba con fuerza la cintura de su compañera (travesti) y se balanceaba lentamente contra su cuerpo. Mientras lo hacía me miraba con una sonrisa de placer, hasta que su acompañante, al percatarse de mi presencia me dijo con voz fuerte y gruesa “pira de aquí pues”.
Salí de manera rápida y me senté en el mismo sitio donde me encontraba antes de ir al baño. El primer travesti, que había complacido los deseos de mi vecino del puesto de adelante, caminaba alrededor de los primeros asientos, cuando de pronto dirigió su mirada hacia mí.
Hermetismo total
“La Trevi”, como se presentó ante mí la travesti, se acercó con su movimiento de caderas femenino y me preguntó: “¿Qué quieres que te haga?”, a lo que respondí: “¿Qué es lo que haces tú? Con una sonrisa me contestó: “Aquí te puedo hacer de todo, y lo mejor es que no me tienes que pagar nadita papi”.
Ante tal afirmación traté de indagar el por qué hacía esto sin obtener beneficios y desde cuándo se prestaba para este tipo de actividad, a lo que solamente contestó: “cuando quieras gozar me avisas mi cielo”, para continuar con su paseo hasta estacionarse junto a otro cliente y repetir de nuevo su rutina oral.
Abrí bien los ojos para tratar de percatarme con calma si otros tenían sexo en ese mismo momento. En cuatro sitios distintos se repetía la escena de sexo oral, donde algunos miraban atentos y otros participaban como protagonistas de un reality show pornográfico.

Ante este panorama y la duda de conocer el por qué de esta situación, decidí salir de la sala y conversar con alguien de la administración. Toqué la puerta de la parte posterior a la taquilla y la misma se abrió pero sólo a medias. Por la pequeña hendija pude observar un rostro a medias que preguntó qué era lo que quería. Al formular la pregunta de si sabían lo que sucedía dentro de las instalaciones de este cine, recibí la respuesta que esperaba: “¿y tú para que quieres saber eso? Eso a ti no te interesa”.

Luego se acercó a mí un vigilante, quien muy cordialmente me invitó a abandonar el recinto, a lo que accedí sin mayores contratiempos. Ya el reloj marcaba las 3:15 p.m. y en ese breve lapso de tiempo, había podido observar muchas más cosas que todas las denuncias y rumores que me habían formulado. Caminé de forma apresurada por la calle que me llevaría hasta la estación del metro Teatros. Atrás dejé el cine adulto que en apariencia día a día anuncia películas pornográficas, pero que en realidad es un hotel donde algunos van a mantener sesiones de sexo express.

3 comentarios:

Lambnovax dijo...

Usted si tiene pelotas pa atreverse a entrar a esa verga.

Anónimo dijo...

Caramba amigo ni en los momentos más libidos de mi adolescencia me atreví a entrar, buena esa por averiguar lo que habia ahi adentro.

Doninyer Zapata dijo...

Gracias por sus comentarios. Fueron momentos de exploración del periodismo. Época interesante sin duda...